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Análisis sobre el automóvil Trabant y su consecuencia. 
por el sociólogo Rodrigo Torrealba

La imagen como evocación de la memoria.

A propósito de los 28 años de la caída del muro de Berlín, el pintor Oscar Villalón Ríos, nos recuerda la historia más reciente de Alemania y su vida cotidiana a través sus pinturas que nos detalla el pasado más reciente de una Alemania que fue experiencia única en la historia. Citando al pensador Uruguayo Eduardo Galeano, en su libro, ‘El libro de los Abrazos’ nos dice: “Recordar: del latín re-cordis, es volver a pasar por el corazón”. Digo esto en cuanto quisiera referirme a una metáfora estética que se plasma en la pintura de Oscar, un artefacto vanguardista durante la existencia de la República Democrática Alemana (RDA), los automóviles ‘Trabant’. El nacimiento del este popular vehículo, fue un ejercicio de demostración del clásico “nosotros también podemos”. Fue en enero de 1954 cuando el Consejo de Ministros de la República Democrática Alemana decidió el desarrollo y la construcción de un Volkswagen ('coche del pueblo'). Cuatro años después comenzó la producción en serie del Trabant (satélite en alemán) P50 (P, de 'Personenkraftwagen', 'automóvil de turismo'; y 50, por su motor de 500 cc). Pero no sería hasta 1964 cuando se empezó a fabricar el definitivo tal y como llegó hasta nuestros días. Como dato anecdótico, para acceder a uno de estos vehículos, había que tener a lo menos 18 años y haber llenado formularios los cuales descansaban en el aparato burocrático hasta que un llamado telefónico, por fin anunciaba la pertenencia de uno de estos a quien lo solicitase. Debido al largo tiempo de espera para conseguir un ‘Trabi’, había un floreciente mercado negro de segunda mano. Paradójicamente los precios de los vehículos usados eran mayores que los de los nuevos, ya que la compra de un vehículo usado significaba su adquisición inmediata.

Ahora bien, este vehículo solía fallar con bastante frecuencia y eran pocos los talleres que los arreglaban, para que decir el traer repuestos de alguna parte, había que esperar una eternidad. Sin embargo, el ingenio de sus propietarios más las redes en torno a este ‘objeto’, hizo que su arreglo fuese algo más amigable para los propietarios y estos pudiesen intervenirlo para su buen funcionamiento.

En la actualidad, se ofrece un viaje al pasado mediante una singular simulación de un viaje a bordo de un Trabi a través de la urbanización. Hacia el 2014 el Museo de la RDA en Berlín (DDR-Museum) promocionaba este viaje mediante la frase ‘Suba al coche, gire la llave de encendido, presione el acelerador y sumérjase en el pasado’. Esta frase que llama a sumergirse en el pasado evoca irremediablemente la caída del muro de Berlín hace 28 años, donde la premisa de ahí en adelante era la ‘superación del pasado’, sin embargo, al pasar los años, da la impresión, desde un lugar lejano, que empieza a surgir el cierto anhelo de mostrar cómo era la vida cotidiana en la RDA.

Quizás podríamos aventurar que una vez que cae el muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, sucedía lo impensable, fueron 28 años de división de un país que se configuraba en dos órbitas radicalmente opuestas, por una parte el capitalismo más acérrimo y por otra el socialismo que se daba en una coordenada de tiempo y materialidad diversa dentro de la órbita de la URSS. Siendo una misma Alemania ambos Estados eran semisoberanos (por un lado la Unión Soviética y por otro Estados Unidos) donde respondían a las directrices que impusieron órdenes estatal – institucionales muy diferentes uno del otro. Así pues, a nivel regional internacional, la RDA quedó inscrita en un sub-orden internacional de tipo hegemónico o con características de imperio informal, mientras que la RFA quedó encuadrada en uno de tipo constitucional.

Este tema cobra mayor relevancia cuando se analizan los términos de la unificación de octubre de 1990, que finalizaron con la absorción de los territorios sociales que conformaban a la RDA dentro de las estructuras institucionales de la RFA, trayendo consigo algunos problemas como el de asumir un andamiaje donde no se crean nuevas instituciones sino que hay un trasplante de éstas. En términos de la reunificación Alemana, ésta no se dio desde dentro sino que vino desde afuera, específicamente de la Unión Soviética, con la llegada de Mijaíl Gorbachov (11 de marzo de 1985) como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), inaugura la época de reformas.

Ya con la inminente caída del régimen de Honecker, las sucesivas manifestaciones, la apertura de fronteras hacía Austria, Hungría, Checoslovaquia, entre otros países, se deja ver la crisis de los migrantes y el surgimiento de la Mesa Redonda Central (ZentralerRunder Tisch), promovidas por asociaciones religiosas protestantes, sirvieron como un camino a seguir para la tan mentada unificación. Un hito importante fue la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 donde se abrieron las fronteras para la libre circulación de las fronteras entre ambas Alemanias, algo estaba cambiando definitivamente, el postotalitarimo caminaba a paso firme hacia una institucionalidad democrática ‘trasplantada’. Ahí no se solucionó el tema de la democracia, sucesivos problemas, que no es el deseo discutir en este artículo, fue creando un clima democrático que llevó tiempo afianzar hasta lo que conocemos hoy, las transiciones siempre son creadoras de expectativas como dolorosas.

A modo de ejemplo, hoy Leipzig ha traído grandes empresas como Porsche, Amazon, y BMW, solo por mencionar algunas, fue sede mundial de fútbol 2006 y es mencionada como un lugar ‘cool’ –de tendencias- que atrae a público joven, artistas, tiene precios módicos y tiene una escena cultural amplia. En resumen, Leipzig ha intentado posicionarse como símbolo de una Alemania oriental renovada, cambiando su aspecto gris y con aires de decadencia de esa Alemania Oriental, integrándose a una Alemania renovada. Cabe destacar que no todo ha sido fácil. Aún persisten resabios de esta división que aún traen problemas de integración de un proceso único a nivel occidental, más allá de los juicios valóricos que se puedan hacer al respecto. Uno de los factores que logra unificar simbólicamente a Alemania, ha sido el fútbol profesional. Éste se vive de manera alegre, ese ‘muro invisible’, parece desaparecer a momentos, sin embargo, los vestigios del nacionalismo aún perduran en el imaginario colectivo.

Es interesante observar que algunos alemanes que vivieron el período de la RDA y los que no la vivieron (nacidos después de 1989), están reflexionando acerca si lo vivido en la época de la República Socialista, eran realmente tan malo y desechable, no cabe duda que hubo elementos negativos que son indesmentibles, pero ha vuelto una mirada que no es indiferente al proceso político vivido, por mucho tiempo, hubo una estrategia de los políticos y empresarios de turno que fue el ‘vender’, que todo lo del Oeste era mejor y que el capitalismo era el referente por excelencia. Así nace el concepto de Östalgie o nostalgia del Este (que sería una suerte de juego de palabras entre ost: oriente y nostalgia), que ha sido un fenómeno cultural rescatado por los antiguos habitantes de la RDA que buscan rememorar una identidad olvidada, que se asume al Oeste y que de alguna forma con la reunificación, las personas de un plumazo decidieron borrar todo vestigio material y simbólico de lo que vivieron como país de orbita comunista y occidentalizarse rápidamente. Sin embargo, en este rescate de la memoria moderno ‘Östalgie’, intenta una recuperación de la memoria colectiva, los Össis (hoy ciudadanos más bien marginales) han tratado de reafirmarse en un contexto de crisis rescatando ciertos valores que vivieron en la RDA como ciudadanos de la misma.

Hoy nos encontramos frente a esta nostalgia que de cierta manera parece atraer turistas, ciudadanos que quieren vivenciar aquellas experiencias pasadas de una órbita socialista como experiencia única, hoy los objetos materiales cobran especial relevancia como íconos de aquella época, especialmente el afamado ‘Trabant’, cuyo simbolismo nos lleva inconmensurablemente a antaño, donde se podía lucir esa anhelada y apreciada ‘joya’ como artefacto que otorgaba un estatus indesmentible, las salidas en este vehículo eran contadas y solo para ‘eventos´, no para uso cotidiano. Hoy los Trabant han pasado a tener un valor icónico desde los años 90, fue un vehículo que movilizó a una nación, son objetos de culto, de arte incluso de competición (algunos tuneados). Este artefacto sigue siendo, simbólicamente el auto del socialismo, del progreso material de aquella época, ese vehículo del pueblo con el mensaje claro ‘nosotros también podemos’, aún estamos aquí, todos mensajes que nos hacen sentir parte de la memoria viva, aquella que se niega a morir, queremos ser parte de una imagen como evocación de la memoria.

Rodrigo Torrealba

Sociólogo

Mg. Política Educativa

www.rodrigotorrealba.com